La Navidad sólo puede ser celebrada desde una cosmovisión puramente cristiana. El acogimiento y los recuerdos caldeados que suscita su vivencia son frutos de la alegría, la esperanza, que nace con Cristo Jesús. Este es el sentido propio, sustancial, de la Natividad; el gozo cristiano de celebrar, de revivir , el Nacimiento del Redentor del mundo, del Rey de reyes.
En estas sociedades occidentales cada vez más secularizadas, más proclives a politizar la Fe a la vez que a perseguir a la Santa Iglesia de Cristo, a la Familia, a todo lo que huela a Libertad y Verdad, con mayúsculas, no es de extrañar que también se haya extravíado el sentido originario y legitimador de la celebración de la Santa Natividad y la repercusión que ello tenga en los corazones de los fieles.
Dios nos ama. Nos ama de tal modo que se nos entregó a nosotros hecho carne con la gloriosa intercesión de la Vírgen, la esclava del Señor. Se nos entregó, sufrió en su carne las tentaciones del diablo, del mundo y la carne, eternos enemigos del Cristianismo, padeció las necesidades y sufrimientos que aquejan a todo hombre y fue martirizado, flagelado, humillado y crucificado. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
De algo así habló el profeta Isaías cuando predijo que “la Vírgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emanuel, que significa Dios con Nosotros” (Is 7, 14). Conviene, sin embargo, matizar la profecía y qué interpretación se le había propinado a ésta en la sociedad judía.
Por entonces, el pueblo judío entendía que el Mesías, el enviado por Dios para libertar a su pueblo, había de venir bajado del cielo, con lujo, para salvar de la esclavitud al pueblo que se entendía era elegido por Dios desde que Abraham abrió el Ciclo Patriarcal. Dios Hijo, habría de ser varón, adulto, y portador de lujo. Todos ellos, valores de la época, tales como la riqueza, el poseer bienes, la primacía del varón sobre la mujer y los niños.
Cuán diferente fue la venida del Salvador. Nato de una familia humilde y trabajadora, sin posesión de bienes, alumbrado virginalmente en un pesebre rodeado de animales, y siendo un niño. Lejos quedó pues la expectativa de una venida mesiánica en las condiciones arriba descritas. El Hijo de Dios nació pobre, nació como niño -y no como adulto bajado de los cielos-, nació de familia trabajadora y humilde -y no en el seno de una familia adinerada-, y nació en un lugar perdido y remoto al que llamaban Belén de Judea -y no en una gran urbe como Jerusalén-.
En definitiva, Cristo vino al mundo en condiciones paupérrimas e insospechadas. Y su nacimiento para el fiel cristiano simboliza cómo las puertas del cielo sólo puede abrirlas la Santa Humildad.
Ahora, después de qué significa la Natividad para el fiel cristiano, sólo puedo lamentarme de ver una publicidad televisiva que relaciona esta época del ano con el Corte Inglés u otra marca comercial. No sólo hemos perdido el sentido cristiano de la Natividad, quedando ésta como un mero acontecimiento familiar o de reunión, sino que hemos llenado esa vacuidad conceptual de un sentido materialista, frío, consumista. Allá donde esté la Navidad, estará el Corte Inglés, y no Cristo. La Navidad hace, pues, de factor instrumental para la esclavitud consumista del hombre. Tal vez por ello no interese, entre otros motivos, se entienda, que la población conozca esa Verdad de la que hablaba Cristo Jesús y esté indefenso al vaivén de los intereses de las entidades poderosas que detrás son manejadas por poderosos.
Así, celebremos esta Santa Nochebuena con el fervor católico que ha de caracterizarnos a nosotros, los seguidores del Hijo de Dios, de Dios encarnado, que en una noche -puede que como la del 24 de diciembre- vino al mundo para redimir a toda la Humanidad. Que Dios os bendiga y paséis una muy feliz Nochebuena.















