Que la juventud española haya degenerado hasta el punto del botellón y el uso disparado del preservativo es teórica y prácticamente inadmisible. Pero que a esta conducta se le añada el intento de definir el amor como suprema expresión de la felicidad personal, es algo criminal e intolerable desde todo campo de visión.
Los adolescentes, faltos de cruda disciplina, voluntad cognoscitiva, y entregados al vicio, no han hecho más que confundirlo. El amor sólo ha de ser explicado y comprendido por personas de bien, decentes y de claros principios cristianos. Toda concepción ajena a ésta no será más que una degeneración de la Verdad.
Los adolescentes han recibido de un modo impensado la falsa creencia de la necesidad de emparejarse, cada vez, a edades más tempranas. Y esa misma idea, al darse de bruces con la verdadera falta de necesidad, ha resultado otra falsa creencia, muy dañina al proceso de maduración personal: la de delegar en el otro la facultad de hacerle feliz al adolescente.
Esto es un error que sólo puede ser corregido por una seria educación de valores desde el nacimiento; es precisa la instauración de un sistema educativo que avale los preceptos morales contenidos en la doctrina católica y armar a la población, configurando un modelo de español fuerte, inteligente y libre.
Por una Patria de Unidad, Orden y Libertad.